Conferencia magistral: El proceso del perdón

Fady Bujana nos presenta esta conferencia en Feria Espiritualmente 2012 sobre el proceso del perdón

No se puede recuperar la ligereza ni la pasión sin perdón. Si te sientes pesado/a y apesadumbrado/a, es que tienes mucho que perdonar(te)… Cuando vas arrastrando los pies dentro y fuera de tu relación es que ha llegado el momento de preguntarte qué es lo que tienes que perdonar, ya sea a la otra persona o bien a ti mismo/a. Sólo mediante el perdón total y absoluto lograrás recobrar esa sensación de libertad y ligereza que tanto ansías. La falta de perdón te separa de los demás y de ti mismo. Hace que la vida se torne pesada y más du-ra de llevar. Es como ir a todas partes con un par de maletas cargadas. Imagina ser capaz de soltar esas maletas y caminar libre y erguido/a. Perdonar al otro es reconocer que somos uno y lo mismo. Imagina que estás en tu cocina y por accidente te cortas con un cuchillo… ¿Culparías a tu mano derecha de haber cortado tu dedo iz-quierdo? No. ¿Por qué? Porque las dos manos son extensiones (o expresiones) de un mismo ser, un mismo cuerpo. Cuando albergamos rencor hacia alguien, lo que esencialmente estamos haciendo es disociarnos de esta persona y de nuestra propia esencia. Estamos viviendo la expe-riencia de la separación en lugar de la experiencia de unión que nos trae felicidad y ligereza. Perdonar a alguien es perdonarse a uno/a mismo/a y reconocer que somos uno y lo mismo. No se trata de perdonar para olvidar sino de perdonar para recordar, con amor. Perdonar significa acep-tar lo ocurrido, ser capaz de apreciar la oportunidad de crecimiento y agradecerla. Existen 4 casos de perdón: 1. Perdono a los demás pero no me perdono a mí mismo/a. Esto ocurre cuando uno/a está cegado/a por el perfeccionismo. No logra perdonarse a sí mismo/a la más mínima falta. En su sistema de creencias está escrito que tiene que ser perfecto/a. Pero el perfeccionismo no tiene nada que ver con las cosas bien hechas. El perfeccionismo sólo es una máscara conveniente y socialmente aceptable para evitar ser vulnerable. El perfeccionismo existe para tapar la sensación de que uno/a no es suficiente y la vergüenza que la acompaña. Tratando de ser perfecta, la persona cree que llegará a sentirse digna del amor y la aprobación de los demás, pero eso es casi imposible, porque el mero hecho de imponerse semejante tarea crea una tensión tal dentro del individuo que va acumulando falta sobre falta con el consiguiente deterioro de su autoestima. Una persona presa de esta situación se acaba encerrando dentro de sí porque cree que no se merece el amor de nadie. 2. Ni perdono a los demás ni me perdono a mí mismo/a. La intolerancia es una de las jaulas de nuestra sociedad. Proviene directamente de la creencia de que el amor es algo que uno/a se tiene que merecer y de una educación rígida y restrictiva que prima los resultados más que los intentos y las buenas intenciones. Es la educación la que merma la creatividad porque nadie se atreve a intentar nada nuevo. Crea una sociedad apagada y triste escondida detrás de una máscara de exigencia. 3. A los demás no les puedo perdonar pero a mi mismo/a sí. Hay una corriente espiritual que propugna que el perdón tiene que empezar por uno/a mismo/a y parece ser la excusa perfecta para que los egoístas de la tierra se centren plenamente en sí mismos/as, haciendo de ello una misión de salvación de la tierra y convenciéndose de que su egoísmo es una acto de alta conciencia. Pero desde tiempos atrás se nos viene diciendo: “es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio”… Tener dobles estándares, uno para mi y otro para los demás, ha sido desde tiempos inmemoriales un problema de la humanidad, y parece que no hemos sido capaces de desprendernos todavía de este defecto. La razón de ello es que vivimos en una sociedad de competencia en lugar de colaboración pero, como hemos visto, una relación precisa de un clima de colaboración para poder crecer y prosperar, si no, se muere. Alguien dijo una vez: “hay dos formas de tener el edificio más alto de la ciudad, o construyéndolo o destruyendo los demás”… 4. Perdono a los demás y me perdono a mí mismo/a. Esta es la situación más sana porque conlleva darse cuenta de que nadie es perfecto y tampoco tiene porqué serlo. Es entender que todo el mundo actúa por lealtad; o sea, por amor hacia algo o hacia alguien. Hasta los terroristas actúan por lealtad hacia su causa y como dijimos antes: Te lo podrás llevar todo… ¡menos mis buenas intenciones! Ser capaz de perdonar es ser capaz de desprender-te de las mochilas energéticas que, ante todo, te pesan a ti. Es tener resiliencia que es la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Evidentemente, es una de las capacidades más deseables para construir una relación sana y una vida abundante. Hasta ahora, hemos hablado del perdón desde el lado del que tiene que perdonar. Si es verdad que el perdón beneficia directamente al que lo otorga aligerando su carga, el perdón en una rela-ción es cosa de dos: uno tiene que estar dispuesto a perdonar totalmente y comprometerse a re-construir dentro de sí la imagen dañada del otro, pero ese otro también tiene que cumplir con su parte del proceso para ser perdonado y recuperar la confianza perdida. No estamos acostumbrados a pedir perdón. No queremos darnos cuenta de cuánto daño somos capaces de causar. Eso sería demasiado doloroso, porque mermaría la imagen que tenemos de nosotros mismos, nuestra identidad. Es mucho más fácil luchar y pretender que en el fondo te-nemos razón. Por lo tanto, a menudo contemplamos el perdón como un impuesto que hay que pagar (de malas ganas) al otro para restablecer la relación. Lo que dejamos de lado es que esa forma de encarar el perdón es más dañina, porque ni logra borrar el daño hecho ni siquiera libera nuestra conciencia de verdad. Pedir perdón con la punta de los labios, como si le tiráramos un hueso al otro, es decir una mentira por la que también habría que pedir perdón. Es mucho más sano y beneficioso pedir perdón de verdad. Todos necesitamos recibir el perdón de los demás y el nuestro propio. Cuando pedimos perdón de verdad, nos perdonamos también a nosotros mismos, pero cuando por orgullo intentamos justificarnos buscando excusas, hacemos todavía más daño, porque plantamos la semilla del problema de nuevo. Lo que ocurrió, con toda probabilidad, volverá a ocurrir. Cuando se pide perdón sin convicción (y a veces con cierta alta-nería, porque “uno/a es tan bueno”), el efecto no es el que se espera, sino una nueva merma de la confianza. El pedir perdón sin convicción, no proporciona la liberación que conlleva honrar la esencia de ambos individuos. Uno pierde la confianza porque siente la falsedad y el otro se va “hinchando” por dentro porque se tiene que enfrentar a una merma de su propia imagen interior. Es igual de importante ser capaz de pedir perdón que ser capaz de perdonar y si no eres capaz de pedir perdón será bastante difícil que seas capaz de perdonar porque para ambos es necesaria la compasión hacia nuestra condición humana. A veces, uno/a tiene que pedir perdón y otras tiene que perdonar. Lo importante es ser capaces, en caso de necesidad, de elevarnos por encima de los hechos para pedir perdón, perdón de verdad. Existe un proceso del perdón que te expondré durante la conferencia. De momento, te invito a que visites mi web y veas algunos de los vídeos que te tengo preparado (en especial “La impor-tancia del Perdón – LPA”). Fady Bujana www.fadybujana.com

“ Espiritualmente, un gran espacio para aprender, un lugar donde encontrar muchas respuestas”